Alicia

Alicia. 17 meses. No cuesta imaginarla si evocamos los rostros de las niñas que queremos. Menos de un metro de estatura. Acabaría de aprender a andar, todavía trastabillándose y buscando la mano de su madre. No sabemos si sería una nena charlatana o si, por el contrario, sería de esos bebés que van creciendo en silencio hasta que rompen a hablar y ya parece que no van a callarse nunca.

No, no cuesta imaginarla en el parque, abrigada frente a los rigores del invierno del Norte, o viendo la Cabalgata de los Reyes Magos con más asombro que ilusión, o entreteniéndose con las hojas del otoño que han caído en la acera mientras su madre la espera con el carrito un poco más adelante, quizá diciéndole “venga, vamos, Alicia”, mientras intenta no perder la paciencia.

Alicia habría empezado el cole en septiembre del año que viene. Pero no irá a la escuela. Nunca sabrá leer, ni tendrá amigas. No se enamorará, ni tendrá un color favorito.

Se quedará el mundo sin conocer su timbre de voz, su porte, el eco de sus pasos. Una niña, una mujer libre menos. Cuesta y duele imaginar su dolor en la madrugada del lunes, cuando un monstruo le arrebató la sonrisa y la vida.

Descansa en paz, Alicia.

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