José Luis Gómez

Vi por primera vez a José Luis Gómez, Hijo Predilecto de Andalucía en 2018 junto al doctor Guillermo Antiñolo, a mediados de la década de los 80, en el rodaje de ‘Las dos orillas’, la película en la que Juan Sebastián Bollain retrató Sevilla y predijo la telerrealidad. Yo, que era muy niña, asistía al rodaje mientras una persona muy querida hacía su primera incursión como actriz interpretando a una mala-malísima e intercambiando un diálogo propio de duelo al sol con él (vaya debut, por cierto).

Pocos años después, ya casi en la década de los 90, pude verlo en el teatro por primera vez, en el Lope de Vega de Sevilla. No recuerdo el montaje (diría que uno de Azaña que ahora reestrena, pero debe de fallarme la memoria porque no cuadran las fechas).

Al término de la función, mi madre y yo nos acercamos a felicitarlo al camerino. Yo era una protoadolescente y no se me ocurrió mejor idea que preguntarle a ese actor mayúsculo, cansado por el esfuerzo de la obra, por Hugh Grant, con el que acababa de rodar ‘Remando al viento’. José Luis Gómez miró divertido a mi madre, que no sabía dónde meterse, y me respondió que era muy simpático o algo así.

A medida que con la edad he aprendido a valorar el enorme talento de José Luis Gómez me he ido avergonzando más y más de haberme interesado por Hugh Grant, que ahora me parece un actor lleno de tics y muy encasillado en la comedia romántica.

Hoy que la Junta de Andalucía le ha concedido el título de Hijo Predilecto quiero felicitarle desde esta pequeña ventana y decirle que la mujer en la que se ha convertido aquella niña nunca volvería a preguntarle por Hugh Grant, sino por su propia carrera.

Por cierto, a ver si reponen el montaje de Azaña en el Lope de Vega.

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2017

No, 2017 no ha sido un año más. Estos doce meses me han traído muchas visitas gozosas al médico, una mudanza, trece kilos más (que después han sido doce kilos menos) y una cicatriz de 15 centímetros por donde asomó un niño diminuto que pasó sus primeras 24 horas observando callado a sus padres para inmediatamente después comprobar – y nosotros con él – la fuerza de sus pulmones para pedir comida y cariño.

No ha sido un año más, no. Siempre dije que el 7 era mi número de la suerte y mi hijo nació un día 7 a las 7 del año 17.

Ha sido un año que se ha contado en semanas, las 40 que dura un embarazo, y que empieza ahora a medirse en meses, los que va cumpliendo Guillermo.

Un año en el que mi hijo ha sonreído y reído a carcajadas por primera vez no podía ser un año más. El año en el que sus manos se han asido por primera vez a las nuestras tenía que ser y ha sido especial e irrepetible.
Porque tú has llegado, Guille, ya ningún año será igual.

Muertes repentinas

Las muertes repentinas son descorazonadoras. Lejos de los achaques de la edad, de la asepsia de los hospitales o de las penosas enfermedades, aquellos que se marchan sin avisar nos dejan descolocados. ¿Cómo puede alguien tan vivo haberse muerto?

Imagino, porque lamentablemente he vivido circunstancias similares, el estupor de diputados y senadores esta mañana al conocer el deceso de Rita Barberá. Las circunstancias de su muerte, o más bien de los últimos momentos de su vida, han llevado a algunos a intentar buscar culpables. Puede parecerme más o menos atinado, pero admito que es humano (aunque probablemente impropio en el caso del ministro de Justicia).

Otros han querido escenificar su distancia política con la fallecida ausentándose del minuto de silencio guardado en el Congreso en señal de duelo. Es como si se tratase de demostrar a cada paso la diferencia entre la calle y las instituciones, como si una y otras pertenecieran a realidades contrapuestas, como si en una y otras no habitase gente, con sus virtudes y defectos. Gente tan terriblemente humana que hasta tiene la mala costumbre de morirse.

Cosas que hacer en Sevilla (y alrededores) si eres una estrella de ‘Juego de Tronos’

En estos días se ruedan en mi ciudad, Sevilla, capítulos de la séptima temporada de ‘Juego de tronos’, lo que me ha deparado una especie de fama casual, viral y pasajera, al toparme en el cine Avenida el martes 1 de noviembre con dos de los protagonistas de la serie, Pilou Asbaeck y Nikolaj Coster-Waldau, y pedirles en una foto, que compartí en mi cuenta de Twitter (@vitalirola) y que posteriormente ha sido reproducida en ABC, Diario de Sevilla, Ver Tele, Fotogramas e incluso el diario Las últimas noticias, de Chile. Ésta es la imagen en cuestión:

Los dos actores -que antes de ‘Juego de tronos’ ya contaban con una importante carrera, uno de ellos en la serie ‘Borgen’ y el otro en películas de directores como Suzanne Bier, tal y como me apunta Sevilla Cinéfila– fueron lo suficientemente listos como para ir al cine a las cuatro de la tarde, la sesión menos concurrida, lo que les permitió pasar desapercibidos -a excepción de mi marido y de mí, que ya he sido definida en ABC como una “avispada fan”-.

Como da la casualidad de que trabajo muy cerca del magnífico Hotel Alfonso XIII de Sevilla, donde se aloja el equipo de la serie, he visto que estos días no lo van a tener tan fácil para no ser reconocidos, si  atendemos al número de admiradores que se congregan en los alrededores en busca de una foto o de un autógrafo de sus ídolos, como se puede observar en esta imagen:

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Pero incluso una estrella de la televisión mundial puede escapar de la fama en muchos lugares de Sevilla y alrededores; fuera, eso sí, del camino más recorrido por los circuitos turísticos. Ya lo hicieron -y casi les salió bien, a excepción de mi foto- en el cine Avenida y aquí les dejo unos cuantos consejos más:

  • Tapear en un barrio: La gastronomía sevillana ofrece gratas -y baratas- sorpresas fuera del casco histórico y, sinceramente, creo que los actores de ‘Juego de tronos’ difícilmente serían reconocidos en un bar de Pío XII o de Sevilla Este… simplemente porque sus dueños no se lo podrían creer. Lo mejor si se busca tranquilidad, de todos modos, es ir a primera hora.
  • Visitar un convento de clausura: Si de algo estoy segura es de que las monjas de Santa Paula, por poner un ejemplo de convento precioso, evocador y tranquilo, no reconocerán a los actores de ‘Juego de tronos’, que podrán respirar ese ambiente único de tranquilidad que desprende este lugar en pleno centro de Sevilla; con el aliciente, además, de comprar las exquisitas mermeladas que elaboran las monjas.
  • Salir a correr… a horas intempestivas. Sevilla es una ciudad llana y disfruta de un clima extraordinario para la práctica del deporte. El paseo que recorre la orilla del Guadalquivir desde el Paseo de las Delicias hasta el Huevo de Colón (con la posibilidad de enganchar con el Parque del Alamillo y con el Jardín Americano, ambos al otro lado del río) ofrece una panorámica extraordinaria de la ciudad desde su arteria fluvial. Eso sí, si eres famoso evita las horas punta y sal a primerísima hora de la mañana o a última de la noche.
  • Visitar la provincia: Algunos de los protagonistas de ‘Juego de tronos’ conocen ya Osuna, pero Sevilla depara muchas más sorpresas a poca distancia en coche: el prodigio de San Isidoro del Campo, muy cerca de Itálica, otro de los sets del rodaje de esta temporada; Carmona, tan monumental; la explosión del otoño en la Sierra Norte, los senderos que ofrecen el entorno del Guadiamar, la vía verde de Ronquillo o la Dehesa de Abajo son alternativas muy apetecibles en esta época del año.
  • Pasear por una playa virgen: Muy cerca de Sevilla, en Huelva y Cádiz, se encuentran algunas de mis playas favoritas. Si fuera una estrella en busca de anonimato, me quedaría sin duda con la Flecha del Rompido, donde solo se accede en barco y que ofrece kilómetros de arena blanca en un paraje natural incomparable.

Escritas mis recomendaciones, solo me queda desearles buen rodaje y buena estancia en Sevilla. Valar Morghulis!

 

La manada

Las chicas quieren ser libres y felices. Disfrutar su juventud, salir por la noche, ir a ferias o a conciertos, tener amigos… Igual que los chicos, ni más ni menos. Son momentos en los que la vida adulta está por estrenar y todo se antoja nuevo y excitante.

Me he acordado mucho de esa etapa vital en los últimos meses, tras la terrible violación cometida por cinco sujetos en los últimos sanfermines. Ella, la víctima, es muy joven. Seguramente ahorró para poder ir a Pamplona. Es una fiesta tan conocida que le haría mucha ilusión. Iba a dormir en un coche con un amigo; a esas edades el sueño es más una pérdida de tiempo que una necesidad.

Los tipos que la violaron compartían un chat de whatsapp llamado “Manada”. Efectivamente, ella tuvo la desgracia de cruzarse con unos lobos.

La violaron, la grabaron, lo comentaron con sus amigos (otros lobos, ninguno se apiadó de ella, siquiera en la distancia). Le robaron el móvil para que no pudiera llamar a nadie. Y, cuando fueron detenidos, pusieron en duda su relato de los hechos.

Estos días he vuelto a acordarme de esa chica, que volvió de Pamplona con su juventud rota, al saber que esa manada de lobos había abusado de otra joven meses atrás en Córdoba. La drogaron, grabaron las vejaciones y comentaron también los hechos en su chat de estercolero. Llegaron a hacer chistes con que si su víctima estaba “en coma” o “muerta”.

Toda mujer -y enfatizo en las jóvenes porque son las más expuestas a esos lobos- tiene derecho a ser libre. A vivir su vida como le parezca. A decir ‘sí’ si quiere y ‘no’ si no le apetece. A volver sola a casa por la noche sin miedo a ser agredida. A ser tratada, en fin, como lo que es, como lo que somos: libres e iguales.

Que caiga sobre la manada todo el peso de la ley. Que nunca más se crucen en el camino de ninguna chica. Que no puedan robarle la libertad a nadie más y que paguen con la suya por todo el daño que han hecho.

Un señor

Supo que me iba a casar cuando llevaba poco tiempo trabajando en su equipo. Desde entonces y durante muchos meses, antes y después de casarme, me preguntaba con cierta guasa por mi matrimonio.

Es un gran conversador y le gusta argumentar y disentir. Ese afán suyo por la metáfora, poco amiga de los 140 caracteres, le dio algún dolor de cabeza. Porque, hablando de literatura, también es un lector voraz -compartimos admiración por Alice Munro-, aunque sea más conocida su afición al cine, con su mujer y sus amigos, los domingos por la tarde.

Precisamente a la salida de una sesión, en un centro comercial del extrarradio, fue la última vez que nos encontramos. Los dos acabábamos de ver la antepenúltima de Woody Allen y de eso nos limitamos a charlar.

No quise entonces preguntarle abiertamente cómo estaba. Tampoco lo he hecho ahora. Pero quiero que hoy sirvan estas líneas para decirle que siempre he pensado, pienso y pensaré que es una persona honesta. Por cierto, se llama Pepe Griñán.

Persiguiendo a Ernest

Shakespeare and Company es una famosísima librería parisina, muy cerca del Sena, en la Rive Gauche, en la que únicamente se venden libros en inglés. Con casi cien años de historia, hoy es un reclamo turístico más de París: miles de viajeros acuden cada año a recorrer los mismos pasillos por los que deambularon James Joyce o Scott Fitzgerald o a buscar el lugar en el que Ethan Hawke se reencontraba con Julie Delpy en la deliciosa película de Richard Linklater Antes de atardecer.

Yo he sido, en este 2016, parte de ese nutrido grupo de turistas mitómanos. Y abriéndome paso entre ellos estuve una tarde curioseando por sus anaqueles. Venía de dar un largo paseo por los alrededores del boulevard Saint Michel y me había prometido a mí misma regalarme un libro, siquiera uno solo, para guardar en casa un ejemplar con el famoso sello de la librería.

Tenía entre las manos una colección de relatos cortos de James Salter cuando una mirada socarrona me asaltó desde un estante. Era una imagen antigua, en sepia, aunque levemente coloreada, en la que se veía a un hombre en la puerta de Shakespeare and Company. El tipo posa de pie, trajeado y con las manos en los bolsillos, como metiendo prisa al fotógrafo para poder entrar a la librería, donde una mujer lo aguarda apoyada en la puerta. La imagen era la portada de A moveable feast (París era una fiesta) y el hombre de la foto, su autor, Ernest Hemingway.

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Aunque nunca me había atraído demasiado la figura de Hemingway, me pudo, de nuevo, la mitomanía. Cambié a Salter por Ernest y salí de la librería con mi ejemplar sellado y envuelto en un sobre azul con letras doradas.

La sorpresa vino después. Esa misma noche, al empezar a leer el libro, comprobé que durante todo el día había estado siguiendo, sin saberlo, los pasos de Hemingway en la década de los 20 del siglo pasado.

Había pasado por la primera casa en la que vivió en París (en la rue Cardinal Lemoine), había recorrido algunos de sus lugares predilectos (la rue Mouffetard, la place Monge, el entorno del Panteón) y había terminado en Shakespeare and Company, cuya dueña, Sylvia Beach (probablemente la mujer que lo espera en la foto de la portada), le prestaba constantemente libros a un Hemingway aún joven y pobre.

La voz del autor, ya maduro, consagrado y consciente de que la vida no resultó ser en absoluto como esperaba, rememora su juventud en París, cuando todo estaba aún por hacer, empezando por su propia obra literaria. Ernest malvive primero como periodista y después como escritor y en su relato cobran vida y recuperan su humanidad personajes que hoy son mitos de la literatura y el arte.

Pasados por el tamiz de las filias y fobias de Ernest vemos a Scott Fitzgerald, a quien Hemingway le perdona su tremenda inestabilidad; a su mujer Zelda, a la que muestra como el principal mal del escritor; o a Gertrude Stein, de quien hace un retrato demoledor.

Ezra Pound o Blaise Cendrars son otros de los personajes que lo acompañan en un París donde se duerme en áticos con el baño compartido y se vive, se bebe y se escribe en cafés. Un París del que se huye en invierno para esquiar en Austria y en verano para visitar España, pero que en primavera es descrito como una ciudad tan hermosa que solo una mala compañía podía arruinar un día en sus calles.

En el París de Hemingway y de su Generación Perdida, en esas manzanas a la orilla izquierda del Sena, hoy deambulan más turistas como yo que expatriados como él. Algunos de los cafés se han convertido en lavanderías y solo una pequeña placa y el nombre de una agencia de viajes (‘Under Hemingway’) delata el lugar preciso donde vivió.

Mi París está a una decena de estaciones de Metro y mi vida, a años luz (en algún lugar tenía que recuperar a Salter) de la suya, pero me alegra haber pasados unos días, en agosto de 2016, persiguiendo a Ernest.