Muertes repentinas

Las muertes repentinas son descorazonadoras. Lejos de los achaques de la edad, de la asepsia de los hospitales o de las penosas enfermedades, aquellos que se marchan sin avisar nos dejan descolocados. ¿Cómo puede alguien tan vivo haberse muerto?

Imagino, porque lamentablemente he vivido circunstancias similares, el estupor de diputados y senadores esta mañana al conocer el deceso de Rita Barberá. Las circunstancias de su muerte, o más bien de los últimos momentos de su vida, han llevado a algunos a intentar buscar culpables. Puede parecerme más o menos atinado, pero admito que es humano (aunque probablemente impropio en el caso del ministro de Justicia).

Otros han querido escenificar su distancia política con la fallecida ausentándose del minuto de silencio guardado en el Congreso en señal de duelo. Es como si se tratase de demostrar a cada paso la diferencia entre la calle y las instituciones, como si una y otras pertenecieran a realidades contrapuestas, como si en una y otras no habitase gente, con sus virtudes y defectos. Gente tan terriblemente humana que hasta tiene la mala costumbre de morirse.

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