Categoría: Comunicación
Bruselas
Viajé a Bruselas en agosto de 2015. Encontré una ciudad mucho más multicultural de lo que esperaba y también con más vida. Los funcionarios europeos estaban en su mayoría de vacaciones y la capital vibraba con fiestas de inmigrantes africanos en el Gare du Midi.
No pude dejar de darles la razón a quienes me habían advertido de que era la hermana fea de Gante y Brujas. Ni la Grand Place ni el Museo Magritte, ni mucho menos el minúsculo Manneken Pis, hacen que se la pueda considerar hermosa, pero en esos días de verano en Bruselas encontré el ambiente gozoso de los lugares en temporada baja.
El Parlamento europeo mantenía abiertas sus grandes explanadas exteriores a los pocos turistas que quisieran curiosear un domingo por la tarde. La ciudad se vanagloriaba de haber suprimido el tráfico en parte del centro, y lo celebraba con conciertos. Cada noche, tres acróbatas -dos chicos y una chica- repetían el juego de confundirse entre la gente que abarrotaba las terrazas de Les Halles, fingiendo al principio ser otros paseantes más para terminar haciendo asombrosos bailes.
Pienso en esos días plácidos en Bruselas y me pregunto si la ciudad será capaz, y cuándo, de recuperar su tranquilidad. Las reuniones de jóvenes en el Parc Royal, las largas colas para comprar un cucurucho de patatas fritas, las familias haciendo fotos de su propio reflejo en el Atomium… ¿Volverá ese clima de ciudad mediana y tranquila, que aún no se cree ser capital europea, o se lo habrá llevado consigo esta primavera el terrorismo, con su estela de fanatismo, dolor y muerte?
Solas
Hace escasas semanas, el conmovedor texto ‘Ayer me mataron’ sacudía las conciencias de medio mundo tras el asesinato de dos mujeres jóvenes argentinas de viaje en Ecuador. De ellas se dijo que «viajaban solas», algo que es falso, puesto que iban acompañadas la una de la otra, y francamente paternalista, ya que de esa afirmación se deduce que, sin una compañía masculina, las mujeres se encuentran desamparadas o desprotegidas.
Mi ciudad, Sevilla, es un lugar razonablemente tranquilo pero en las últimas semanas han sucedido también un terrible homicidio de una mujer y la violación de otra por parte de un sujeto reincidente. En ambos casos, en la calle: una fue atacada en un parque, la otra abordada cuando iba en bicicleta a su trabajo.
Aunque ocurridos a miles de kilómetros de distancia, estos sucesos revelan las diferencias entre hombres y mujeres en su seguridad en el espacio público. Claro que tanto unos como otras podemos ser víctimas de robos o agresiones. Pero cuando éstas tienen cariz sexual, en una abrumadora mayoría los agresores son hombres y las víctimas, mujeres.
Desde muy niñas, las mujeres aprendemos o nos enseñan a protegernos: no hablar con extraños, no responder a provocaciones, no volver solas a casa… Tenemos tan interiorizadas estas normas de conducta que solamente este tipo de sucesos ponen sobre la mesa cuán aberrante es que, en pleno siglo XXI, podamos ver cercenada nuestra libertad en plena calle.
Aunque hemos aprendido ya a llamar machista y no doméstica a la violencia que se ejerce contra las mujeres ejerciendo un determinado patrón de dominación, lo cierto es que cuando nos referimos a casos de violencia machista hablamos fundamentalmente de agresiones en el ámbito doméstico. Pero hay muchas más violencias machistas. Y una de ellas la conforman las agresiones sexuales que padecen -padecemos- las mujeres por el mero hecho de serlo. Y una sociedad en la que las mujeres solas no estemos tan seguras como los hombres no será nunca igualitaria.
Afortunadamente, los asesinatos y violaciones son hechos aislados que nos acongojan, sí. Pero estos sucesos tienen que hacernos recapacitar sobre un sistema de creencias en el que muchos hombres se consideran aún con el derecho a dirigirse -para bien o para mal- a una mujer para comentar algo sobre su aspecto físico o sus atributos; en el que las mujeres se convierten frecuentemente en meros reclamos sexuales para la publicidad, o en el que el intercambio sexual con una mujer prostituida se puede conseguir a cambio de dinero, es decir, de poder.
Este vídeo, titulado #DearDaddy, resume de forma brillante -y dramática- algunas de las desigualdades entre hombres y mujeres a lo largo de la vida. Creo que merece verse. Son cinco minutos:
La ambición y la soberbia
De nuevo esta noche un titular que califica a una (otra más) política española como ambiciosa. Justo cuando la televisión acababa de emitir un programa en el que se constatan las diferencias entre hombres y mujeres a la hora de conciliar y, con ello, de acceder a puestos de responsabilidad, leo que un periódico nacional habla en portada de la ambición de una mujer como desencadenante de un cataclismo político.
Cuánto me molesta que se desacredite a las mujeres por quiénes somos y por lo que queremos hacer. La aspiración se convierte en ambición cuando se conjuga en femenino. La vehemencia o la firmeza, en soberbia. El poder, en el pedestal.
Todas las personas debemos ser juzgadas, para bien o para mal, por nuestros actos y no categorizadas (por no decir caricaturizadas) por ciertas características que se alejan de los roles de sumisión y humildad que tradicionalmente se han asociado con el ideal femenino.
Qué quieren que les diga, creo que hacen falta más mujeres ambiciosas y soberbias.
La marca personal de la generación del selfie
El experto en márketing y marca personal Xavi Roca ha ofrecido en la Universidad Loyola Andalucía una charla para presentar su libro Desmárcate, con consejos prácticos para desarrollar una imagen personal coherente con la propia identidad y objetivos, tanto en la vida real como en Internet.
Los consejos de Roca a su auditorio -un nutrido grupo de profesionales de procedencias diversas- me han hecho reflexionar sobre el cambio de paradigma que probablemente será necesario para abordar la marca personal de los hoy niños y adolescentes.
La generación nacida a partir de la década de los 90 del siglo pasado está acostumbrada a compartir sus vivencias más íntimas en las redes sociales. Sus ídolos de masas se muestran al mundo en sus cuentas de Instagram fotografiándose frente al espejo y ellos les imitan. Pero no todos pueden ser Justin Bieber o Kim Kardashian.
La herencia de los adolescentes anónimos que hoy hacen morritos frente al espejo y lo comparten con el universo digital la recibirán mañana miles de profesionales en ciernes a quienes los responsables de recursos humanos podrán ver en esas fotos antiguas, luciendo más jóvenes y mucho más insensatos. La única ventaja sería que el reclutador tuviera también un pasado oscuro de las mismas características y comprendiera/compartiera el error.
¿Cómo gestionará esa generación del selfie su marca personal en Internet? ¿Se llegará a un acuerdo tácito y no escrito para que las aventuras de los años mozos no afecten al futuro laboral? ¿Serán capaces padres y educadores de trasladar la necesidad de ser prudentes en redes sociales a niños que se han criado, literalmente, con tabletas y teléfonos inteligentes conectados a Internet, con todas sus ventajas y sus peligros?
Es imposible conocer las respuestas. Mientras tanto, demos gracias los hoy adultos de que nuestras hazañas adolescentes no están registradas en Internet, sino solo en nuestra memoria.
Las peores (mejores) películas románticas
A Carmen Jiménez (Sevilla Cinéfila), que me enseñó a amar el cine y a revisar sus mitos.
14 de febrero de 2016. San Valentín. Once mujeres asesinadas por violencia de género en lo que va de año en España. Las emisoras de radiofórmula emiten machaconamente, como uno de los éxitos del momento, una canción en la que el cantante critica a una mujer por su ambigüedad sexual: «Dime cuál es tu plan. No es culpa mía si me porto mal». Muchas adolescentes -y no tan adolescentes- suspiran por el personaje del tal Christian Gray, un sádico maltratador que finalmente se redime por el amor.
Con estos mimbres, no es de extrañar que instituciones como la Junta de Andalucía quieran evidenciar las conductas de riesgo que se esconden entre los mitos del amor romántico. Esa campaña y esta fecha tan entrañable para el romance me han hecho pensar en algunas de mis películas favoritas y preguntarme si resisten una visión crítica de género. Aquí está lo que he encontrado (ojo, contiene spoilers):
- Encadenados, de Alfred Hitchcock.
La irresistible química de la pareja Ingrid Bergman-Cary Grant en su máximo esplendor (como ejemplo, la mítica escena del beso), en una historia con todos los ingredientes de Hicthcock (incluido, claro está, un MacGuffin). Intriga, romanticismo y final feliz pero, ¿a qué precio?
El personaje de Cary Grant es uno de los galanes más nocivos de la historia del cine. Censura a Ingrid Bergman desde el primer momento (su pecado es comportarse como una mujer libre), la coloca en una situación de peligro cierto (de él parte el encargo) y la abandona por celos hasta que está a punto de morir.
- Jane Eyre, de Robert Stevenson
Un hombre de carácter endiablado tiene a su mujer, enferma mental, encerrada durante años en un torreón de su mansión. El caso ocuparía hoy las secciones de sucesos pero se da la circunstancia de que en la novela de Charlotte Bronte y en sus sucesivas versiones cinematográficas (yo me quedo con ésta por Joan Fontaine, Orson Welles y una fugaz Elizabeth Taylor) él es el héroe romántico y el matrimonio su condena… Menos mal que se enamora de la institutriz de su hija y que un fuego purificador viene a solucionar las cosas… Y menos mal también que Jean Rhys nos mostró la otra cara de la moneda en Ancho mar de los Sargazos.

- Lo que el viento se llevó, de Víctor Fleming, George Cukor y Sam Wood
A Escarlata O’Hara se le puede reprochar que se beneficie de un sistema esclavista injusto y que se sitúe en el bando equivocado de una guerra, pero su pecado en esta película-río (cuántas tardes viéndola entera o por fragmentos en sus reposiciones televisivas) es que quiera ser libre.
O’Hara no se casa con el hombre al que ama porque escoge a una mujer más tradicional y sumisa. Sin negar que el personaje de Vivien Leigh pueda resultar antipático y cometer algunos errores, también es cierto que sabe sobreponerse a las circunstancias, aplicar cierto sentido pragmático a su existencia e incluso cuidar de la esposa de su gran amor. Nada de eso le vale, sin embargo, para evitar el portazo final de Clark Gable:
- Manhattan, de Woody Allen
Una banda sonora maravillosa, una película evocadora, una ciudad retratada como nunca la habíamos visto, una Diane Keaton maravillosamente moderna en su indumentaria (aunque ciertamente ridiculizada por algunos aspectos de su forma de ser) y un cuarentón Woody Allen que convive sin complejos con una menor de edad (el personaje de Mariel Hemingway tiene 17 añitos) a la que corta las alas. ¿Alguien da más? Sí: un tratamiento misógino del lesbianismo en la nueva pareja construida por Meryl Streep, que interpreta a la exmujer de Allen.
- Historias de Philadelphia, de George Cukor
Redoble final, que termina la fiesta. Un exmarido con problemas con el alcohol y al que se le ha ‘ido la mano’ con su mujer en más de una ocasión, tal y como se deja entrever en la película, vuelve arropado por su antigua familia política para recuperar a su exesposa, que está a punto de casarse con otro hombre. «Yo te dejé más libertad», se justifica en la escena que pueden ver mas arriba; «yo no necesito libertad», le responde ella. El encanto de Cary Grant y la belleza indómita de Katherine Hepburn camuflan el mensaje repugnante.
P.S.: Éstos son solo cinco de mis ejemplos. Seguro que ustedes piensan los suyos… Feliz San Valentín.
Alicia
Alicia. 17 meses. No cuesta imaginarla si evocamos los rostros de las niñas que queremos. Menos de un metro de estatura. Acabaría de aprender a andar, todavía trastabillándose y buscando la mano de su madre. No sabemos si sería una nena charlatana o si, por el contrario, sería de esos bebés que van creciendo en silencio hasta que rompen a hablar y ya parece que no van a callarse nunca.
No, no cuesta imaginarla en el parque, abrigada frente a los rigores del invierno del Norte, o viendo la Cabalgata de los Reyes Magos con más asombro que ilusión, o entreteniéndose con las hojas del otoño que han caído en la acera mientras su madre la espera con el carrito un poco más adelante, quizá diciéndole «venga, vamos, Alicia», mientras intenta no perder la paciencia.
Alicia habría empezado el cole en septiembre del año que viene. Pero no irá a la escuela. Nunca sabrá leer, ni tendrá amigas. No se enamorará, ni tendrá un color favorito.
Se quedará el mundo sin conocer su timbre de voz, su porte, el eco de sus pasos. Una niña, una mujer libre menos. Cuesta y duele imaginar su dolor en la madrugada del lunes, cuando un monstruo le arrebató la sonrisa y la vida.
Descansa en paz, Alicia.
Aprender a perder (o de qué hablo cuando hablo de correr)
«Correr es aprender a perder». La frase es de Haruki Murakami y pertenece al libro ‘De qué hablo cuando hablo de correr’. No será la obra por la que le den -si es que lo consigue- su anhelado Premio Nobel, pero he considerado que es una buena lectura para motivarme ante mi primera media maratón.
Me ha gustado mucho ese concepto de «aprender a perder» al que alude Murakami, porque, en definitiva, la inmensísima mayoría de las personas que sacrificamos horas de sueño y de ocio en esa mezcla de deporte, desgaste y vicio que es correr somos conscientes de que casi siempre acabamos perdiendo. Y, aun así, repetimos.
Cada uno tiene sus motivos para correr. Como Murakami, yo empecé ya cerca de la treintena y con una profesión sedentaria. Todavía salir a correr no se llamaba running y no era una moda tan extendida como en los últimos años.
Si tuviera que hacer un balance de estos años, ahora que voy a correr mi primera media maratón -me ha costado decidirme-, diría que correr es un ejercicio de sana humildad, que nos enfrenta a nuestras limitaciones, en el que nuestro cuerpo se queja de nuestros excesos y en el que, solamente a veces, se encuentra el placer de superarse a uno mismo, de haber conseguido un nuevo objetivo. Es decir, de ganar.
Correr me ha enseñado, además, a mirar con otros ojos mi ciudad, descubriendo caminos que me eran poco accesibles al pasear y que ahora se me abren como pistas de entrenamiento. Y me ha hecho ver también otras ciudades desde una nueva perspectiva: corriendo por el Central Park de Nueva York, por el Retiro de Madrid, por la Barceloneta, por el Vondelpark de Amsterdam o por el parque Ueno de Tokio olvidé que era turista y me sentí igual que las decenas de lugareños que, como yo, competían contra sí mismos, contra su pereza y contra sus achaques, para encontrar el íntimo placer de la superación personal.
El próximo domingo, en menos de una semana, correré mi primera media maratón. Si la termino, ganaré, aunque solo supere al coche escoba.
Cayetana y el perdón
Cayetana Álvarez de Toledo, exdiputada del PP y directora del área internacional de la Fundación FAES, es una mujer a la que, con independencia de su ideología, le presupongo cierta altura intelectual.
Por eso, imagino que ayer se enajenó cuando escribió, en su cuenta de Twitter, lo siguiente: Mi hija de 6 años: «Mamá, el traje de Gaspar no es de verdad.» No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás.

El tuit es de las 12.09 horas del 5 de enero de 2016 y menos de un día después acumulaba más de 8.000 retuits. Podemos es una formación política muy experimentada en redes sociales y supo en este caso darle la vuelta a la polémica que la exdiputada popular pretendía alimentar, ridiculizándola con memes y frases que reducían al absurdo su reflexión.
Esta airada, exagerada y probablemente extemporánea reacción de Álvarez de Toledo me ha hecho pensar no solo que los trajes eran efectivamente un adefesio, no solo que la utilización política de un acto festivo como una cabalgata de Reyes Magos raya en lo absurdo, sino también en lo fácil que es destrozar una reputación digital por un momento de verborrea.
El 6 de enero de 2016, los primeros resultados de la búsqueda en Google de Cayetana Álvarez de Toledo se refieren ya a esta polémica, en lugar de a su currículum vítae o a otros aspectos de su trayectoria. ¿Y todo por qué? Por no saber callarse a tiempo.
Twitter es una red social sumamente útil, pero también entraña sus peligros. Tener al alcance de la mano, en nuestro teléfono, una ventanita al mundo en la que podemos desahogarnos en menos de 140 caracteres alienta nuestra vanidad y nuestra locuacidad.
No todo lo que se nos pasa por la cabeza, no todo lo que comentamos con nuestra familia, no todo lo que diríamos en la barra de un bar merece ser escrito y preservado para la posteridad. El concejal de Podemos en Madrid Guillermo Zapata o la escritora y diputada Marta Rivera de la Cruz (por poner solamente dos ejemplos políticos recientes) han sufrido dolores de cabeza por hablar en Twitter más de lo conveniente y con menos gusto del deseado. Una cosa es la espontaneidad y otra la mala cabeza.
El coach y experto en Twitter Yoriento resumió en un tuit hace casi dos años las preguntas que uno debe responderse a sí mismo antes de lanzar un tuit: «¿Mejorará tu vida personal o profesional? ¿Es útil, interesante o divertido? ¿Querrías leer ese tuit?».
Probablemente, Cayetana Álvarez de Toledo no se hizo ninguna de estas preguntas cuando, indignada, lanzó urbi et orbe su ya famosa frase. No sé si ya habrá reflexionado y contemplará como posibilidad ‘perdonar’ a Manuela Carmena por vestir en camisón al rey Gaspar (como escribió Carlos Hidalgo en su cuenta de Twitter), pero está claro que a ella misma sí le va a costar bastante esfuerzo encontrar el perdón, en este caso referido a borrar el rastro de guasa que ha dejado su desahogo en Internet.
Actrices maduras
Carrie Fisher, actriz estadounidense de 59 años, ha estallado estos días en su cuenta de Twitter tras recibir una serie de feroces comentarios por su aspecto físico. La intérprete, que fue la Princesa Leia en las primeras películas de Star Wars, al parecer ha retomado ese papel (al igual que Harrison Ford) más de 30 años después, en Star Wars: The Force Awakens.

Vaya por delante que ni me interesa demasiado la película ni soy fan de Carrie Fisher (la recuerdo vagamente como Princesa Leia y después como secundaria en la deliciosa Cuando Harry encontró a Sally), pero leer su caso me ha hecho pensar en la invisibilidad de las mujeres cuando llegan a la madurez.
En efecto, el enfado de Carrie Fisher prácticamente coincide con la noticia de que la superestrella Jennifer Lawrence interpreta, a sus 25 añitos, a una mujer de 40 en su última película, ‘Joy’. Hollywood las prefiere jóvenes.
Con ellos, sin embargo, tiene menos reparos: Tom Cruise, a sus 53 añitos (apenas seis menos que Fisher), se juega el tipo interpretando a su ya célebre personaje de Ethan Hunt en la ¡quinta! parte de Misión Imposible y George Clooney, de 54, coquetea con jovencitas que podrían ser sus hijas en los anuncios de la marca de café que seguramente todos ustedes recuerdan.
Con algunas honrosas y gozosas excepciones, como la de la excelente Meryl Streep, es difícil ver a mujeres maduras en la pantalla. Ni sus historias interesan ni sus intérpretes perduran en nómina de los grandes estudios.
En una industria que, a distancia, parece tan feroz y exigente con el físico, no es extraño que otras, como Renée Zellweger o Meg Ryan, hayan recurrido a la cirugía estética (con resultados desiguales y también criticados con saña dentro y fuera de las redes sociales) para intentar atrapar la juventud como seguro laboral.
Todas las personas tenemos vida más allá de los 30, tenemos derecho a envejecer y el cine (como la moda, la televisión o cualquier otra industria basada en la imagen) debería tomar conciencia de esa realidad y dejar de ser un espejo deformado que no permite que las mujeres maduras se vean fielmente reflejadas con actrices de su edad y con guiones que reflejen vivencias más allá de la juventud.
Postdata: Recomiendo ver ’45 años’ y disfrutar de la espléndida madurez interpretativa de Charlotte Rampling a sus casi 70 años.
Pepón
Llegaba el 22 de diciembre cargado de risas y de vísperas, pero el destino nos ha golpeado con la muerte de José Luis Jurado, nuestro Pepón. Yo no recuerdo cuándo conocí a Pepón. Probablemente sería el primer día que pisé una sala de prensa, en aquel Ayuntamiento de finales del siglo pasado. De hecho, no recuerdo haber sido periodista en Sevilla sin conocer a Pepón. ¿Acaso hay algún periodista de Sevilla que no conozca a Pepón, que no haya disfrutado de su sabiduría enciclopédica, de su conversación, de su cariño y de su buen carácter?
Cuando Pepón preguntaba en una rueda de prensa -y muy especialmente en su querido Ayuntamiento- se hacía un silencio, porque el resto de redactores sabíamos que Pepón iba a decir algo pertinente. Cuando desmentía o matizaba el dato que había dado un político -siempre con una sonrisa, siempre con humildad, siempre de buenas maneras- éste tenía que darle la razón porque él tenía Sevilla en la cabeza probablemente de forma más clara y completa de lo que ningún periodista ni ningún alcalde llegará a tenerla jamás.
Desde que, esta mañana, hemos sabido de su marcha, decenas de periodistas de generaciones distintas, ideologías dispares y diferentes medios nos hemos quedado con la congoja apretada en la boca del estómago, sumidos cada uno en nuestros recuerdos y compartiéndolos, desahogándonos, en las redes sociales.
Yo también me quedo con su presencia de muchos años en mi vida profesional y entre mis afectos personales. Me demostró siempre cariño y espero haberle sabido corresponder.
Hoy hubiera venido a San Telmo para cubrir el Consejo de Gobierno -qué amargo es el subjuntivo de los ausentes-. Sin embargo, vamos a decirle adiós en el Tanatorio de San Jerónimo. Cuánto te vamos a echar de menos, Pepón.
